16 sept. 2017

Falange o Meñique

    Lo es, es vomitivo, pero no porque un falangista gagá en pleno 2017 se pavonee, estúpidamente, de su homofobia facciosa. ¿Cuántos chistes de mariquitas habremos oído? ¿Cientos? Chistes sobre plumíferas, camioneras o muerdealmohadas. Los hay ofensivos y los hay que aunque lo sean, lo son con gracia. Caricaturas. El mariquita y su madre, la mariquita mordaz -la estándar-, el maricón andaluz, la mariquita comehombres -sin importar el aspecto del susodicho, fantasía heterosexual poco dada a hacerse realidad- o el maricón al que, gustosamente, cualquier objeto fálicamente punzante le rompe el culo. Travestis legendarias sostuvieron sus shows explotando el mismo género, aunque en ello hubiera siempre una suerte de estrategia. El propio vídeo de Intereconomía es, en rigor, un chiste de maricas. Pésimo, como la mayoría. Pero hasta ahí todo normal. Plantea, en cambio, una particularidad amenazante: no se conforma con agredirnos. No parodia. No discrimina. No se ríe de lo que somos, sino de lo que hicieron con lo que éramos cuando se nos castigaba por serlo. De la impunidad con la que nos agredieron y torturaron. Cuando nos sometían, cuando nos reprimíamos. ¿Recuerdas la primera vez que te humillaron? Probablemente no, por que lo habrán hecho decenas de veces, de mil maneras, durante años. Pues bien, se ríe de todas y cada una de esas veces. Maldita la gracia.

    No es difícil adivinar que el trauma territorial -Catalunya, Euskadi, Gibraltar- robustece a esa España ultraconservadora y caníbal que nos quiere armarizadas, que no quiere ni vernos. Toda alcantarilla es, a su vez, un sistema circulatorio. Y por las venas del 78, soterradas, siempre han circulado las aguas residuales del franquismo. "No seas idiota, el aguilucho de entonces es hoy gaviota" se leía en una pared de mi facultad. Entre los sortilegios de la Transición, se cuenta habernos convencido de lo contrario. Que ahora, poco a poco, asomen la patita sólo significa que se sienten más fuertes. Aguantaron, a regañadientes, el matrimonio igualitario. Nada es tan inofensivo como lo que deviene en chiste. Pero no hay chistes sobre españolitos de a pie que ven partirse España con los brazos cruzados. La famosa ventana de oportunidad con la que tanto especuló Podemos -una suerte de puerta astral a lo Stargate, franqueable sólo durante un breve lapso de tiempo y a través de la cual el MacGyver revolucionario actúa en condiciones favorables- se abre para ellos. Es su momento. Tiempo de polarización, de río revuelto y patrioterismo canalla. El caos no es un foso, es una escalera, dice Meñique -sí, Juego de Tronos, manidísimo, trilladísimo, pero útil-. Seguiremos, por eso, teniendo noticias suyas. Hoy mismo, Juan José Padilla, ese torerillo con pinta de Millán-Astray, celebraba su última corrida abrigado con la bandera franquista. No es una anécdota: es una aviso a navegantes.
     ¿Exagerado? Soy marica, sé lo que se siente cuando puedes decir lo que eres sin que tenga consecuencias. Cuesta renunciar a esa libertad. Son fachas. Ahora que el conflicto territorial normaliza su discurso y les azuza, querrán ser visibles. Y les veremos. Sobre todo las maricas, bolleras, trans o bi. Sobre todo las maricas, bolleras, trans o bi de barrio. Sobre todo las maricas, bolleras, trans o bi migrantes y de barrio.
    No hace mucho asistí a la creación de la primera Mesa LGTBIQ+ de Villaverde. Convocada por la Junta Municipal, contaba con partidos políticos, AMPAS, asociaciones vecinales... Allí supe que el director de un colegio del distrito se negaba a que Paula, una de sus alumnas, pudiera entrar en el baño de las niñas. Paula (o Marta, o Silvia... da igual el nombre, una niña transgénero) tenía baño propio. Un privilegio, a ojos de la dirección, que solventaba así el problema. Un castigo para ella. El miserable autobús de Hazte Oír propicia esa actitud paternalista, perdonavidas, lacerante. Hubo quien lo denunció por incitar al odio. ¿Resultado? Denuncia archivada. Desconozco si eso rompe España, pero sé de buena tinta que te parte por la mitad, que te fracciona. Y eso ocurría en un país que todavía mantenía a las ratas ocultas en sus cloacas. ¿Qué pasará cuando salgan?

     El colectivo LGTBIQ+ está obligado a posicionarse. Y tomar partido. Cuanto antes.

4 ago. 2017

Tocar los huevos (de oro)



    Que el turismo es un poderoso abrasivo -y una horterada- te lo compra cualquiera. Es brusco, es ruidoso, es terco, es otro. Es lo materialmente otro -replicado hasta hacerse indistinguible- que irrumpe en tu calle, atesta tu casa, husmea tu barrio, mea tu acera, quiebra tu uno -y siempre, o casi siempre, te disfraza-. Y es, por supuesto, hortera -por masivo, por popular y porque sólo concentra tanta gente aquello que sirve para huir de la pobreza (social pero sobre todo cultural) pero no de ser pobre-.
    Entonces, ¿qué narices lo hacía inevitable? Repasemos el pack ideológico que lo envolvía:
Cifra de visitantes, datos de ocupación, ranking mundial, porcentaje del PIB, confianza de los inversores, turismo de sol y playa, fuente de riqueza, creación de empleo, destino vacacional, volumen de demanda, pelota de Nivea, primera línea de playa, bronceador de zanahoria, ingleses en Salou, alemanes en Palma, los pobres en su casa, y en Benidorm medio Madrid...
    Con semejante material se babearon ríos de tinta, gobiernos multicolor sacaron pecho (o, a la vista de la impostura, se lo aumentaron) y el superego nacional se empitonaba porque como en España, hija, en ningún sitio.
    ¿Patético, verdad? Pues sólo a condición de obviar que «matar a la gallina de los huevos de oro» era la mayor amenaza de un sector que ha vertebrado la historia reciente de España: del desarrollismo franquista al pelotazo y burbuja de la Segunda Restauración. Superar este relato es tanto como abandonar esa España inaugurando otra -esta vez sí, desligada del franquismo y no su spin-off-. Jaque. 

    Y, sin embargo, en menos de dos años –desde los primeros zarpazos dels comuns–, aquello que impedía meterle mano a la masificación del turisteo se amontona entre los ideologemas caducos del Nescafeinato. Las Españas, de pronto, se permiten a sí mismas la huida de capitales –o su amenaza– si con ello no hay que aguantar más a toda una horda de guiris barrochuzos restregándonos sus vergüenzas. Por una vez, la beatería de cerrado y sacristía no juega en nuestra contra. Amén.
    Algo estarán haciendo bien en Barcelona –de nuevo, tras la PAH– que debiéramos aprender en la capital -incapaces, como somos, de remunicipalizar nadaPero, ¿gracias a quién? ¿A Colau? ¿A su equipo de prensa? ¿A los medios que la apoyan? ¿A la protesta? Quien sea, ha sido capaz de situar en el centro un frame generado desde la periferia: demandas vecinales vs. intereses de la patronal hotelera -etcétera-. Con esa fricción entre los muchos (los vecinos) y los pocos (la patronal hotelera, etc), Barcelona en Comú ensancha su margen para encarrilar el turismo a partir de la domesticación de quien lo explota. Así se hace ciudad, y así se hace política. Su mayor fragilidad, sin embargo, está en el diccionario. Lo evidencia el titular de El Paísturismofobia como retroviral narrativo a una batalla cultural que no genera, en contraposición, términos eficaces con los que definir los vicios ocultos del modelo. ¿Cultura del pelotazo? ¿Turismomanía? ¿Burbuja turística? ¿Trama? ¿Turismo sostenible? ¿Turistificación? Demasiados, inoperantes o sofisticados, por más que conecten al sector con su naturaleza de régimen. Derrochamos, en cambio, gigas, datos y tiempo en negar el término por relacionar su éxito como diagnóstico -y como vocablo- con el éxito del adversario -que lo esculpió y nos lo escupe-. Si somos incapaces de adjetivar con puntería las vergüenzas del enemigo, apropiémonos, entonces, de la turismofobia. ¿No son las propuestas del Ayuntamiento de Barcelona formas de paliarla? Jaque mate.

20 may. 2017

Quiebre y caída del Nescafeinato



«País de la ausencia, extraño país, (…)
con edad de siempre, sin edad feliz.»
Gabriela Mistral


    Los límites de Maquiavelo no son los límites del poder, sino sus consecuencias. Cuesta creer que ahora que las vivimos, nos hubiéramos conformado con estudiar, conocer y desvelar las ideo-tecnologías con que el poder ocultaba qué cojones ocurría más allá del decorado. Cuando además, costaba horrores demostrar que ese poder (sus eslabones en conjunto: medios, poder económico y político, eje cultural, tradición y las clases que los vertebran) pudiera disimularse ni ser, en verdad, un frágil teatro de guiñol. Teatro que se vive real, por supuesto, toda vez que la ideología vela por hacerlo verosímil.
     Pero quién explica qué sucede cuando la ficción no convence: cuando aparte de ser palpable que el poder es un teatrillo –siempre intuimos que algo se cocía entre bambalinas-, el decorado se desploma y advertimos qué cojones escondía. 
     Pues Newton. O lo que es lo mismo: acabado Il Principe, entreabramos los Principia.
    Era de esperar y extraña no haberse percatado antes, la verdad. Con la que está cayendo –crisis económica, política, judicial, periodística, cultural-, la clave no podía ser otra que la gravedad misma. No por casualidad, fue Jordi Pujol i Soley –esposo y padre de toda una cofradía de mangantes- quien ya lo avisaba con acierto:
    «Si vas segant la branca d’un arbre, al final cau tota la branca, tots els nius que hi han. “¡No, és que després caurà aquell d’allà! Aquell d’allà que…” No, no… ¡És que després cauran tots!» Caerán todos, Pujol incluido.

    Por supuesto, ha caído el decorado. Pero también, junto al decorado y las ramas, un buen número de manzanas podridas. Fruto, bien es cierto, del huerto pepero, pero con escasos resultados en la cesta sociata. La gestora del PSOE, en su infinita sabiduría, prefiere aupar a Gusana Díaz –que nunca se atiborrará electoralmente de tanta manzana corrupta porque su condición larval le impide acabar con lo que la alimenta y cobija al mismo tiempo- frente a un Pedro Sánchez, juncal y carilindo, aureolado por la épica. De Sánchez sólo cabe decir que en su legendaria torpeza, ha desaprovechado la oportunidad de pergeñar un bloque socialdemócrata contra una Díaz social-liberal. En cuanto a Gusana, resulta entrañable comprobar cómo confía en que su consanguinidad ideológica con el actual Felipe la convierte en sucesora del antiguo González. Ese Felipe González, otrora primer gran amor de la España democrática –habida cuenta de que la II República es leída como un mete-saca agitado y fugaz que lo encharcó todo de sangre–, que no es hoy sino otro orco más que -vimos con el tiempo- nos la metió doblada. Él y el coro de revenants que lo palmea: Bono, Leguina, Corcuera, etc etc etc. Pues bien, también ellos han caído como moscas.
    Ha caído el decorado y ha caído en la vergüenza ajena -y no es moco de pavo- el star-system intelectual –rojo, rojillo o levemente enrojecido- que orbitaba en torno a Ferraz –así como los medios desde donde fingían cavar sus trincheras-. El PP, pese al batallón de modistillas que le remienda las corruptelas en cualquier tertulia –sumado a editoriales e informativos varios propicios para su(s) causa(s)-, carece de cuadros intelectuales con que sustituirlos. Desde los primeros balbuceos de la Transición, no tuvo más remedio que parapetarse tras el folclore cañí asociado al franquismo –pero no siempre franquista- y el humorismo cuñao de la Factoría Moreno (José Luis). Sin ir más lejos, fue Lina Morgan -heredera natural de Paco Martínez Soria- quien le tradujo a toda una generación (rural, pero también urbana) los cambios operados en el post-franquismo. Bajo el disfraz de un conservadurismo bonachón, lo mismo se mofaba de la ultramodernidad felipista (con sus movidas, sus mandrágoras, su sombra aquí, sombra allá y sus bodeguitas), como dotaba de cierta dignidad a quienes no se sentían interpelados por el nuevo Régimen (ni eran jóvenes, ni eran modernos, ni eran ateos, ni renegaban de una españolidad que entonces aún se confundía con lo peor de nuestra Historia). Pero de un tiempo a esta parte, las tonadilleras se han vuelto unas chorizas, un torero al volante es un peligro constante, y Dios sabe cuántas cosas más cuando hasta el Papa de Roma parece un radical –en contraste con gentuza como Pío XI, por ejemplo-.
      Es decir, que se ha quebrado, irremediablemente, la lógica pendular entre el PP y el PSOE. Y esta vez va más allá del plano electoral: en lo generacional, en lo cultural, en la identidad.

       Han caído las manzanas podridas y las serpientes enroscadas en el árbol de la ciencia –económica, se entiende-: Villar-Mir, Arturo Fernández, Díaz Ferrán, Blesa, Rodrigo Rato, Novagalicia, la CAM etc, etc. Y la Unión Europea, antaño contrapeso de la España enranciada y hoy su salvoconducto, se precipita al vacío porque continúa siendo la coartada idónea para que toda esta morralla imponga su feudalismo financiero.
    Ha caído el decorado y la venda a la justicia -más tuerta que ciega, cuando no directamente bizca, en su empeño por ver el delito y mirar para otro lado-, pese a que continúa en la Fiscalía General del Estado el fiscal jefe Anticorrupción (Manuel Moix) con más followers entre la chusma pepera.
    Y aunque parezca imposible que de una vez por todas, el aluvión de manzanazos nos lleve a la conclusión de que la gravedad existe –porque Rajoy volvió a ganar dos elecciones: las ineludibles y una prórroga-, el Bloque borbónico (PSOE, PP y su partido vasallo, Ciudadanos) ha quebrado. Con el caso Lezo –que no sabemos, ni importa, qué coño significa el nombre- ha caído el telón y tras el telón, la tramoya y con esta, el decorado. Y da puto asco. La próxima vez no será la corrupción la que les pase factura, ni su cantidad obscena. Han dejado al descubierto las tripas del poder (sus vísceras, su aparato digestivo –escondido pero predecible, ante el hedor impertinente de tantísima mierda–), la herrumbre que lo sostiene, la carcoma que lo tambalea. Hemos leído cómo y con qué ligereza –y quién y junto a quiénes- el traslado de un juez tocapelotas, su sustitución o su asesinato, podía convertirse en un resorte al alcance de lo más granado(s) de la canalla fachosa. Que el aparato del Estado y los medios de comunicación (...) o los tienes controlados o estás muerto –González dixit-, ya lo sabíamos. No hay poder capaz de fundar el orden –escribía Paul Valéry- por la sola represión de los cuerpos por los cuerposSe necesitan fuerzas ficticias. Gracias al PP, esto ya no suena a la típica paranoia bolchevique y Newton, imprescindible para entender el movimiento de esas fuerzas ficticias –y asumo que la casualidad tiene algo de siniestro,- se nos revela de nuevo como el sherpa adecuado para seguir guiándonos.
 
    Y ha caído y ha quebrado justo cuando los sueños de toda una generación –la mía- o bien se descomponían o bien tenían que reciclarse con desgana –raquíticos, menguados, más cercanos o más lejos-. Quiebre de expectativas, por cierto, que convirtió en utopía lo que no hace demasiado podía ser real. Cuando lo utópico reside en arrancarle a lo ‘imposible’ sus dos primeras letras –tarea histórica de la izquierda-, el poder no se preocupa tanto por quien sueña –basta con empujarle a los márgenes del sistema- como por ganar tiempo obstruyendo nuestra capacidad para hacerlo. ¿Pero cómo impedir que soñemos cuando simplemente estamos recordando? 
    Esto último les pone de los nervios. Prueba de ello es que los greatest-hits de las batallitas culturales conservadoras, se cuelan de nuevo en informativos, tertulias y portadas: Defensa de la propiedad privada (agazapada tras las críticas a Venezuela), hipersensibilidad religiosa (siempre oportuna cuando la ideología renquea)  y la violencia asociada al imaginario podemita (caso Strawberry, Zapata, Titiriteros, Cassandra, etc). Su insistencia coñazo los delata: estamos en un momento de quiebre. De quiebre y caída del Nescafeinato -término menos perezoso que el de Trama e igual de mamarracho que Tramabús-, que es como podríamos llamar a un régimen caracterizado por la fortaleza de una oligarquía con sueldos Nescafé, una izquierda socialdemócrata -pero no sólo- descafeinada y, como consecuencia de lo anterior, un país dormido en los laureles porque no lo despertaba nadie.
    El caso es que, por lo mismo, continúan. Porque vale que el rey esté desnudo –y quién sabe si retozando con Corinna-. Y vale que algunas manzanas podridas se estén pudriendo en la cárcel. Pero la física, en esto, es tozuda. Si el cuerpo elefantiásico y plomizo del Bloque Borbónico se estampase contra otro de similar volumen, el segundo saldría disparado deteniendo al primero en ese instante. O lo que es lo mismo: Adiós Botella. Bye bye, PP. Ciao ciao, Aguirre. Arrivederci. Auf wihedersehen. Sin embargo, ese cuerpo alternativo -Bloque del Cambio-, es débil, gazmoño, peso pluma. Vuela como una mariposa, pica como una abeja, pero cuando colisiona contra el primero, no logra más que ralentizarlo –y a veces, ni eso-. Momentum.  
    La pregunta, por lo tanto, es la siguiente: ¿cómo robustecer, entonces, al Bloque del Cambio? Pues eso, queridas, tendrán que decírmelo ustedes. Pero díganlo rápido, porfa-please, porque tanta manzana podrida sólo nos alimenta los quebraderos de cabeza. Y venimos de una tradición donde no éramos nosotras las que terminábamos perdiéndola.  

4 abr. 2017

Caso Okupa, la película


Fuente:
http://www.abc.es/espana/madrid/abci-consejos-ahora-madrid-sobre-okupas-si-descubres-vecino-no-llames-policia-201602182303_noticia.html

    En 1962 se estrenaba Boccaccio 70, cuatro mediometrajes dirigidos por lo más granado del cine italiano de posguerra. Tras la polémica disparatada que ha suscitado la pegatinita anti-desahucios a la que se refiere ABC, recordé que en uno de ellos, Le tentazioni del dottore Antonio (Federico Fellini, 1962), ocurría algo del estilo. Trata, en tono de comedia, sobre el escándalo que organiza un fulano demasiado conservador, demasiado de derechas –un meapilas, vaya–, cuando colocan frente a su ventana la imagen gigantesca de una siempre gigantesca Anita Ekberg. Contra su generosísimo escote, la Ekberg sostiene un sugerente vaso de leche. Si el enorme cartel publicitario no bastara para subrayar la potencia lúbrica de la imagen, Fellini viste a la actriz de negro y perlas –perlas, se entiende, espermáticas–, le enchufa un manguerazo nada inocente o repite hasta el ahogo una cancioncilla que despeja nuestras dudas: Bevete più latte, il latte fa bene. En definitiva: eyacule, por favor, que vengo sedienta.
     La moralina rijosa de il dottore le alboroza hasta el punto intentar, por todos los medios, deshacerse de él. Pero el cartel, sin embargo, es lo de menos -como ocurre con el que Ahora Madrid puso en su despacho y tanto abruma al ABC-. Fellini, en verdad, habla de cómo tras tanto aspaviento, tras tanta mojigatería y virtud, se agazapa rabiosa la libido reprimida de un señorito de derechas. Cómo de diminuto se siente frente a la Ekberg y el eterno femenino. En cierta medida, lo mismo que sucede con la pegatina que tanto revuelo ha generado en Usera (aunque esta polémica sea mucho más berlanguiana). Un cartel y un escándalo que no hacen sino mostrar los deseos frustrados y la diminuta talla política de quien con tanta afectación se mesa la melena.
    Curioso, sin embargo, que la foto la hiciera Ciudadanos y sea el PP el que pidiera rendir cuentas en el pleno. Huele raro. Huele mal. Curioso, nuevamente, que a quien no le duelen prendas a la hora de pactar con los de las puertas giratorias, se preocupe tanto por cómo decoran los de Carmena la de su despacho. Con Ciudadanos resulta sencillísimo encontrar contradicciones entre lo que venden y lo que son. No porque el resto no las tengan, sino porque el partido de Rivera las acumula con verdadero afán coleccionista.
    Hasta ahí lo curioso. Y hasta ahí la comedia.

    El drama viene cuando quienes fotografiaron la pegatina de la discordia, no han pasado jamás por un desahucio. Ni para hacerle fotos. Y, por supuesto,  tampoco condenan la imputación de aquellos periodistas que sí lo hicieron. Como en Peeping Tom (Michael Powell, 1970), sólo fotografían lo que les asusta. ¿Qué les asusta, entonces? Saben, como nosotras, que el mayor número de realojos al margen de las instituciones se realiza en pisos propiedad de algún banco. Quizá lo que les aterra –quién sabe a estas alturas– es que condenemos enérgicamente a esos bancos a los que representan.
    Una de esas películas –siendo una película espantosa– que mejor explica lo que supone un desahucio para quien lo sufre, es, precisamente, una película de terror: Terror en Amythville (Stuart Rosenberg, 1979) La historia de una casa trufadita de fantasmas que expulsa a sus habitantes con verdadera saña policial. La versión contraria a esa cinta es El ángel exterminador, (Luis Buñuel, 1962) donde un puñado de burgueses mexicanos se ven incapaces de abandonar un cuarto. Quizá ahí reside la diferencia entre permanecer dentro o que te expulsen de tu casa. 
   El problema, en cualquier caso, no es algo tan frívolo como una pegatina. Lo verdaderamente sangrante es la ley de desahucios exprés, una ley hipotecaria despreciada y condenada por la Unión Europea o la falta de recursos de una población depauperada. Porque, para qué engañarnos, ese cartel no revela los intereses sociales de nuestras vocales –que también–, sino la realidad cabrona que viven decenas de familias en un distrito como el nuestro. Al ABC y al PP, sin embargo, sólo les escandaliza una pegatina de mierda. Como decía un personaje de Amélie (Jean-Pierre Jeunet, 2001): cuando un dedo apunta al cielo, el necio mira al dedo.
    
De modo que ni se hagan ni nos cuenten películas. Sabemos, como han visto, demasiado sobre cine.

19 feb. 2017

Los fieles detractores

Los amantes pasajeros (2013)
Director: Pedro Almodóvar
Gui
ón: Pedro Almodóvar
Reparto: Javier Cámara, Carlos Areces, Raúl Arévalo, Cecilia Roth, etc.









    En España ser anti-almodovariano es ser, casi siempre, pro cualquier otra cosa. Otra cosa, por supuesto, más oscura, más siniestra, más mediocre. Su cine es tanto una cuestión moral como una cuestión de Estado. Por eso defenderle o despreciarle es un modo de situarse ante problemas que suelen resolverse en un escaño, ante una birra o, en su defecto, frente a un psiquiatra. Definirte a favor o en contra de su cine tiene, en definitiva, la naturaleza apremiante que sólo suscita lo que divide: el bando de la Guerra Civil que te conmueve, lo que opinas sobre el aborto o la eutanasia, o si eres más de Pablo que de Íñigo. Se es almodovariano o no se es. Imposible, por lo tanto, la virtud.
    No es extraño que mi primera reacción tras terminar Los amantes pasajeros, fuera masticar con urgencia algún argumento para cuando al resto se le hiciera bola. Hasta no hace tanto, decir que Almodóvar te gustaba sólo se explicaba porque o bien eras marica, o bien una mamarracha. O las dos cosas. Declararse fans –así, en plural–, se convertía, de inmediato, en una suerte de resignada militancia. Tras los dos Oscar –ya sea en la calle como en la Academia–, y aunque sus vicios autorales se confundan con el manierismo folclórico y camp de quienes le imitan, uno podía sacar pecho sólo en la medida en que el pedestal donde colocabas a Almodóvar estuviera unos escalones por debajo de donde colocaras a Kiarostami, los Dardenne o Erice. Vicios, a todo esto, que se le perdonan a Fellini, a Welles o a Buñuel –gigantescos siempre, pero siempre heteros– y que para muchos atragantan su cine. Porque claro que en su obra hay putas, maricones y travestis –infinitamente menos de lo que critican ciertas petardas, y por criticarlo, dos veces petardas– pero tiene la bendita manía de mostrarles con todo el candor que la realidad les niega. Pero vayamos al tema, porque más que una crítica me está quedando una extraña forma de autobiografía –en fin, qué crítica no lo es–.  

    Así que, como digo, lo primero que hice al salir del cine fue preguntarme cómo narices podría defenderla. Pude hacerlo con gusto y ardor tras Los abrazos rotos –melodrama tórrido, versión retorcida de uno más convencional, Pim, pam, pum, fuego  (Pedro Olea, 1975), y tan abigarrado que apabulló incluso a los más fieles– o con La piel que habito –basta ver Victim (Matt Eskandari y David M. Pierce, 2011) o Bisturí  (John Grissmer, 1977) para comprobar cómo esquiva la serie Z y filma una odisea–. No así con ésta. Los amantes pasajeros es una comedia blanca –en todos los sentidos: humor blanco, blanco nube, blanco espuma, blanco esperma, Chavela Blanca–, entretenida en los momentos en que cabría divertirse, pero floja –flojísima– en el resto. Humor punk descafeinado –como todo lo punk cuando envejece–, si no naïf –cualquiera con un manejo desahogado del Grindr mantiene diálogos igual de cerdos, e incluso más, sin rebajar un gramo el nivel de petardeo–, pero sin la imaginación lisérgica que mantiene efervescente, aun en sus horas más bajas –Los sexoadictos–, a Waters.

    Sus primeras películas, esas que miraba por el retrovisor mientras conducía esta, son reliquias underground, con dosis –y sobredosis– de osadía. Desenvueltas, chispeantes, bastardeadas por una imaginación bulliciosa y devoradora que parcheaba con descaro su impericia técnica. Almodóvar dibuja como nadie personajes preñados de comedia, pero funcionan cuando los atraviesa en el cuerpo torturado de un drama. Ahí está la Agrado en Todo sobre mi madre, Chus Lampreave en La flor de mi secreto o Lola Dueñas en Volver. En Los amantes... lo demuestra una vez más a través del triunvirato cómico. Lástima que el resto de personajes estén escritos a mordiscos, con fatiga, y sólo funcionen como atrezzo para el mariposeo desgarbado de sus azafatos. Y aunque sea fácil olfatear guiños a su propio cine –amor obsesivo, llamadas telefónicas, estupefacientes, polvos a bellos durmientes y mucho playback–, es, siendo generoso, un mero capricho cómico –más lo primero que lo segundo– que, con todo, no se merece ni una pizca de la virulencia con que se la trata. Es, como dice Jordi Costa, un título menor de un director que llevaba tiempo –desde Carne Trémula, prácticamente– sin tropezarse. Pero las malas críticas a Almodóvar son un género en sí mismas, eso es así. Aunque sus fieles han estado siempre divididos, ¿o acaso no ha tenido fieles detractores?