20 may. 2017

Quiebre y caída del Nescafeinato



«País de la ausencia, extraño país, (…)
con edad de siempre, sin edad feliz.»
Gabriela Mistral


    Los límites de Maquiavelo no son los límites del poder, sino sus consecuencias. Cuesta creer que ahora que las vivimos, nos hubiéramos conformado con estudiar, conocer y desvelar las ideo-tecnologías con que el poder ocultaba qué cojones ocurría más allá del decorado. Cuando además, costaba horrores demostrar que ese poder (sus eslabones en conjunto: medios, poder económico y político, eje cultural, tradición y las clases que los vertebran) pudiera disimularse ni ser, en verdad, un frágil teatro de guiñol. Teatro que se vive real, por supuesto, toda vez que la ideología vela por hacerlo verosímil.
     Pero quién explica qué sucede cuando la ficción no convence: cuando aparte de ser palpable que el poder es un teatrillo –siempre intuimos que algo se cocía entre bambalinas-, el decorado se desploma y advertimos qué cojones escondía. 
     Pues Newton. O lo que es lo mismo: acabado Il Principe, entreabramos los Principia.
    Era de esperar y extraña no haberse percatado antes, la verdad. Con la que está cayendo –crisis económica, política, judicial, periodística, cultural-, la clave no podía ser otra que la gravedad misma. No por casualidad, fue Jordi Pujol i Soley –esposo y padre de toda una cofradía de mangantes- quien ya lo avisaba con acierto:
    «Si vas segant la branca d’un arbre, al final cau tota la branca, tots els nius que hi han. “¡No, és que després caurà aquell d’allà! Aquell d’allà que…” No, no… ¡És que després cauran tots!» Caerán todos, Pujol incluido.

    Por supuesto, ha caído el decorado. Pero también, junto al decorado y las ramas, un buen número de manzanas podridas. Fruto, bien es cierto, del huerto pepero, pero con escasos resultados en la cesta sociata. La gestora del PSOE, en su infinita sabiduría, prefiere aupar a Gusana Díaz –que nunca se atiborrará electoralmente de tanta manzana corrupta porque su condición larval le impide acabar con lo que la alimenta y cobija al mismo tiempo- frente a un Pedro Sánchez, juncal y carilindo, aureolado por la épica. De Sánchez sólo cabe decir que en su legendaria torpeza, ha desaprovechado la oportunidad de pergeñar un bloque socialdemócrata contra una Díaz social-liberal. En cuanto a Gusana, resulta entrañable comprobar cómo confía en que su consanguinidad ideológica con el actual Felipe la convierte en sucesora del antiguo González. Ese Felipe González, otrora primer gran amor de la España democrática –habida cuenta de que la II República es leída como un mete-saca agitado y fugaz que lo encharcó todo de sangre–, que no es hoy sino otro orco más que -vimos con el tiempo- nos la metió doblada. Él y el coro de revenants que lo palmea: Bono, Leguina, Corcuera, etc etc etc. Pues bien, también ellos han caído como moscas.
    Ha caído el decorado y ha caído en la vergüenza ajena -y no es moco de pavo- el star-system intelectual –rojo, rojillo o levemente enrojecido- que orbitaba en torno a Ferraz –así como los medios desde donde fingían cavar sus trincheras-. El PP, pese al batallón de modistillas que le remienda las corruptelas en cualquier tertulia –sumado a editoriales e informativos varios propicios para su(s) causa(s)-, carece de cuadros intelectuales con que sustituirlos. Desde los primeros balbuceos de la Transición, no tuvo más remedio que parapetarse tras el folclore cañí asociado al franquismo –pero no siempre franquista- y el humorismo cuñao de la Factoría Moreno (José Luis). Sin ir más lejos, fue Lina Morgan -heredera natural de Paco Martínez Soria- quien le tradujo a toda una generación (rural, pero también urbana) los cambios operados en el post-franquismo. Bajo el disfraz de un conservadurismo bonachón, lo mismo se mofaba de la ultramodernidad felipista (con sus movidas, sus mandrágoras, su sombra aquí, sombra allá y sus bodeguitas), como dotaba de cierta dignidad a quienes no se sentían interpelados por el nuevo Régimen (ni eran jóvenes, ni eran modernos, ni eran ateos, ni renegaban de una españolidad que entonces aún se confundía con lo peor de nuestra Historia). Pero de un tiempo a esta parte, las tonadilleras se han vuelto unas chorizas, un torero al volante es un peligro constante, y Dios sabe cuántas cosas más cuando hasta el Papa de Roma parece un radical –en contraste con gentuza como Pío XI, por ejemplo-.
      Es decir, que se ha quebrado, irremediablemente, la lógica pendular entre el PP y el PSOE. Y esta vez va más allá del plano electoral: en lo generacional, en lo cultural, en la identidad.

       Han caído las manzanas podridas y las serpientes enroscadas en el árbol de la ciencia –económica, se entiende-: Villar-Mir, Arturo Fernández, Díaz Ferrán, Blesa, Rodrigo Rato, Novagalicia, la CAM etc, etc. Y la Unión Europea, antaño contrapeso de la España enranciada y hoy su salvoconducto, se precipita al vacío porque continúa siendo la coartada idónea para que toda esta morralla imponga su feudalismo financiero.
    Ha caído el decorado y la venda a la justicia -más tuerta que ciega, cuando no directamente bizca, en su empeño por ver el delito y mirar para otro lado-, pese a que continúa en la Fiscalía General del Estado el fiscal jefe Anticorrupción (Manuel Moix) con más followers entre la chusma pepera.
    Y aunque parezca imposible que de una vez por todas, el aluvión de manzanazos nos lleve a la conclusión de que la gravedad existe –porque Rajoy volvió a ganar dos elecciones: las ineludibles y una prórroga-, el Bloque borbónico (PSOE, PP y su partido vasallo, Ciudadanos) ha quebrado. Con el caso Lezo –que no sabemos, ni importa, qué coño significa el nombre- ha caído el telón y tras el telón, la tramoya y con esta, el decorado. Y da puto asco. La próxima vez no será la corrupción la que les pase factura, ni su cantidad obscena. Han dejado al descubierto las tripas del poder (sus vísceras, su aparato digestivo –escondido pero predecible, ante el hedor impertinente de tantísima mierda–), la herrumbre que lo sostiene, la carcoma que lo tambalea. Hemos leído cómo y con qué ligereza –y quién y junto a quiénes- el traslado de un juez tocapelotas, su sustitución o su asesinato, podía convertirse en un resorte al alcance de lo más granado(s) de la canalla fachosa. Que el aparato del Estado y los medios de comunicación (...) o los tienes controlados o estás muerto –González dixit-, ya lo sabíamos. No hay poder capaz de fundar el orden –escribía Paul Valéry- por la sola represión de los cuerpos por los cuerposSe necesitan fuerzas ficticias. Gracias al PP, esto ya no suena a la típica paranoia bolchevique y Newton, imprescindible para entender el movimiento de esas fuerzas ficticias –y asumo que la casualidad tiene algo de siniestro,- se nos revela de nuevo como el sherpa adecuado para seguir guiándonos.
 
    Y ha caído y ha quebrado justo cuando los sueños de toda una generación –la mía- o bien se descomponían o bien tenían que reciclarse con desgana –raquíticos, menguados, más cercanos o más lejos-. Quiebre de expectativas, por cierto, que convirtió en utopía lo que no hace demasiado podía ser real. Cuando lo utópico reside en arrancarle a lo ‘imposible’ sus dos primeras letras –tarea histórica de la izquierda-, el poder no se preocupa tanto por quien sueña –basta con empujarle a los márgenes del sistema- como por ganar tiempo obstruyendo nuestra capacidad para hacerlo. ¿Pero cómo impedir que soñemos cuando simplemente estamos recordando? 
    Esto último les pone de los nervios. Prueba de ello es que los greatest-hits de las batallitas culturales conservadoras, se cuelan de nuevo en informativos, tertulias y portadas: Defensa de la propiedad privada (agazapada tras las críticas a Venezuela), hipersensibilidad religiosa (siempre oportuna cuando la ideología renquea)  y la violencia asociada al imaginario podemita (caso Strawberry, Zapata, Titiriteros, Cassandra, etc). Su insistencia coñazo los delata: estamos en un momento de quiebre. De quiebre y caída del Nescafeinato -término menos perezoso que el de Trama e igual de mamarracho que Tramabús-, que es como podríamos llamar a un régimen caracterizado por la fortaleza de una oligarquía con sueldos Nescafé, una izquierda socialdemócrata -pero no sólo- descafeinada y, como consecuencia de lo anterior, un país dormido en los laureles porque no lo despertaba nadie.
    El caso es que, por lo mismo, continúan. Porque vale que el rey esté desnudo –y quién sabe si retozando con Corinna-. Y vale que algunas manzanas podridas se estén pudriendo en la cárcel. Pero la física, en esto, es tozuda. Si el cuerpo elefantiásico y plomizo del Bloque Borbónico se estampase contra otro de similar volumen, el segundo saldría disparado deteniendo al primero en ese instante. O lo que es lo mismo: Adiós Botella. Bye bye, PP. Ciao ciao, Aguirre. Arrivederci. Auf wihedersehen. Sin embargo, ese cuerpo alternativo -Bloque del Cambio-, es débil, gazmoño, peso pluma. Vuela como una mariposa, pica como una abeja, pero cuando colisiona contra el primero, no logra más que ralentizarlo –y a veces, ni eso-. Momentum.  
    La pregunta, por lo tanto, es la siguiente: ¿cómo robustecer, entonces, al Bloque del Cambio? Pues eso, queridas, tendrán que decírmelo ustedes. Pero díganlo rápido, porfa-please, porque tanta manzana podrida sólo nos alimenta los quebraderos de cabeza. Y venimos de una tradición donde no éramos nosotras las que terminábamos perdiéndola.  

4 abr. 2017

Caso Okupa, la película


Fuente:
http://www.abc.es/espana/madrid/abci-consejos-ahora-madrid-sobre-okupas-si-descubres-vecino-no-llames-policia-201602182303_noticia.html

    En 1962 se estrenaba Boccaccio 70, cuatro mediometrajes dirigidos por lo más granado del cine italiano de posguerra. Tras la polémica disparatada que ha suscitado la dichosa pegatinita anti-desahucios, recordé que en uno de ellos, Le tentazioni del dottore Antonio (Federico Fellini, 1962), ocurría algo del estilo. Trata, en tono de comedia, sobre el escándalo que organiza un fulano demasiado conservador, demasiado de derechas –un meapilas, vaya–, cuando colocan frente a su ventana la imagen gigantesca de una siempre gigantesca Anita Ekberg. Contra su generosísimo escote, la Ekberg sostiene un sugerente vaso de leche. Si el enorme cartel publicitario no bastara para subrayar la potencia lúbrica de la imagen, Fellini viste a la actriz de negro y perlas –perlas, se entiende, espermáticas–, le enchufa un manguerazo nada inocente o repite hasta el ahogo una cancioncilla que despeja nuestras dudas: Bevete più latte, il latte fa bene. En definitiva: eyacule, por favor, que vengo sedienta.
     La moralina rijosa de il dottore le alborota hasta el punto intentar, por todos los medios, deshacerse de él. Pero el cartel, sin embargo, es lo de menos -como ocurre con el que Ahora Madrid puso en su despacho y tanto abruma al ABC-. Fellini, en verdad, habla de cómo tras tanto aspaviento, tras tanta mojigatería y virtud, se agazapa rabiosa la libido reprimida de un señorito de derechas. Cómo de diminuto se siente frente a la Ekberg y el eterno femenino. En cierta medida, lo mismo que sucede con la pegatina que tanto revuelo ha generado en Usera (aunque esta polémica sea mucho más berlanguiana). Un cartel y un escándalo que no hacen sino mostrar los deseos frustrados y la diminuta talla política de quien con tanta afectación se mesa la melena.
    Curioso, sin embargo, que la foto la hiciera Ciudadanos y sea el PP el que pidiera rendir cuentas en el pleno. Huele raro. Huele mal. Curioso, nuevamente, que a quien no le duelen prendas a la hora de pactar con los de las puertas giratorias, se preocupe tanto por cómo decoran los de Carmena la de su despacho. Con Ciudadanos resulta sencillísimo encontrar contradicciones entre lo que venden y lo que son. No porque el resto no las tengan, sino porque el partido de Rivera las acumula con verdadero afán coleccionista.
    Hasta ahí lo curioso. Y hasta ahí la comedia.

    El drama viene cuando quienes fotografiaron la pegatina de la discordia, no han pasado jamás por un desahucio. Ni para hacerle fotos. Y, por supuesto,  tampoco condenan la imputación de aquellos periodistas que sí lo hicieron. Como en Peeping Tom (Michael Powell, 1970), sólo fotografían lo que les asusta. ¿Qué les asusta, entonces? Saben, como nosotras, que el mayor número de realojos al margen de las instituciones se realiza en pisos propiedad de algún banco. Quizá lo que les aterra –quién sabe a estas alturas– es que condenemos enérgicamente a esos bancos a los que representan.
    Una de esas películas –siendo una película espantosa– que mejor explica lo que supone un desahucio para quien lo sufre, es, precisamente, una película de terror: Terror en Amythville (Stuart Rosenberg, 1979) La historia de una casa trufadita de fantasmas que expulsa a sus habitantes con verdadera saña policial. La versión contraria a esa cinta es El ángel exterminador, (Luis Buñuel, 1962) donde un puñado de burgueses mexicanos se ven incapaces de abandonar un cuarto. Quizá ahí reside la diferencia entre permanecer dentro o que te expulsen de tu casa. 
   El problema, en cualquier caso, no es algo tan frívolo como una pegatina. Lo verdaderamente sangrante es la ley de desahucios exprés, una ley hipotecaria despreciada y condenada por la Unión Europea o la falta de recursos de una población depauperada. Porque, para qué engañarnos, ese cartel no revela los intereses sociales de nuestras vocales –que también–, sino la realidad cabrona que viven decenas de familias en un distrito como el nuestro. Al ABC y al PP, sin embargo, sólo les escandaliza una pegatina de mierda. Como decía un personaje de Amélie (Jean-Pierre Jeunet, 2001): cuando un dedo apunta al cielo, el necio mira al dedo.
    
De modo que ni se hagan ni nos cuenten películas. Sabemos, como han visto, demasiado sobre cine.

19 feb. 2017

La materia oscura







La materia oscura.
Historia cultural de la mierda
Florian Wener
Tusquets, 2013










    «La mierda es una construcción discursiva. La designación que le corresponde determina si esta incierta sustancia provoca asco o si se trata de algo vulgar (caca, mierda, cagajón); si estamos ante un objeto de estudio médico o científico (excreción, materia fecal, excremento), el rastro de un animal salvaje (cagarruta, guano), un valioso fertilizante (estiércol) o quizá un objeto de placer para un personaje apartado de la corriente sexual convencional (mojón). La designación cambia, en cierto sentido, la esencia de los excrementos. O como se podría decir, siguiendo la sentencia del filósofo francés Jacques Derrida: no hay mierda fuera del texto.»


    «Se considera, por consiguiente, que cagar representa una actividad sin sentido y sin utilidad: antiguamente, cuando terminaba su relación laboral, los empleados del hogar debían pagar con su trabajo los llamados scheisztage [días de mierda], las horas que habían pasado en el lavabo durante su horario de trabajo.»



    «Que lengua y realidad mantienen una relación puramente arbitraria lo sabía ya san Agustín: este padre de la Iglesia de la Alta Edad Media argumentó que la palabra coenum (caca) no causa ninguna molestia, y que es incluso mucho más noble que la cosa designada por ella, ya que podía transformare en la palabra latina para cielo, coelum, mediante el cambio de una única letra. Aquí resuena ya un saber relativo a la especial relación entre lo más alto y lo más bajo, entre la trascendencia y la excrecencia.»



    «Por las calles de la ciudad de Madrid se estuvo vertiendo purín hasta el año 1760, pues se tenía la creencia de que el aire así enriquecido con materias fecales era conveniente para la salud pública.»



    «Ya Plinio el Viejo recomendaba en su Historia natural la caca de recién nacido, el meconio, como remedio contra la esterilidad. El médico griego Galeno de Pérgamo opinaba que un bien médico debía ser capaz de curar a un enfermo también con excrementos. En la Antigüedad tardía, san Jerónimo lamentaba que las aristócratas romanas se aplicaran excrementos en el rostro para conservar una piel tersa y un aspecto joven. Y el médico francés Étienne-François Geoffroy informaba en 1757 en su Tractatus de Materia Medica acerca de una mujer de la nobleza que, para el cuidado de su belleza, todas las mañanas se aplicaba en cara y manos el agua condensada en la tapadera de un orinal enfriado. Al parecer, la mujer tenía empleado expresamente a un muchacho, cuya única tarea consistía en poner todas las mañanas la boñiga necesaria para la fabricación de cosméticos, recoger su humedad y trasvasarla después a un frasco.»



    «El asco no se limita sólo a una sensación estética (gusto horrible, mal olor, apariencia repugnante), sino que además con él resuena constantemente una dimensión ético-moral.»



    «El autor Michael Ebmeyer, por el contrario, interpreta al caganer como un “contrapunto” cómico-subversivo “al espanto burgués ante la digestión”: su fascinación, según Ebmeyer, surge de que acerca lo informal a lo solemne, lo “profano a lo sagrado, lo terrenal-grotesco justo al lado del nacimiento divino”.»



    «Si Jesús hubiera cagado realmente, entonces, y así lo quiere creer el folclore popular, sus excrementos serían algo muy especial, misterioso y sagrado. (…) Por ejemplo, en relatos apócrifos sobre la infancia de Jesús, como el que se conoce como Evangelio árabe de su infancia, ya se le atribuyen a los pañales del niño Jesús un efecto milagroso: ellos mismos, así como el agua donde fueron lavados, sirvieron de panacea, y eran capaces de darle a las flores un aroma especial y conseguir que los arbustos secos florecieran. Cuando los sabios de Oriente visitaron al recién nacido en el establo, a falta de otro regalo, María les dio un pañal para su vuelta a casa; tras el regreso a su patria, los tres Reyes Magos veneraron el pañal -o mejor dicho: su contenido- como si fuera una parte o un sustituto de Jesús.

(…)
    Todavía hoy, cada siete años, se veneran en Aquisgrán unas reliquias que pasan por ser los pañales de Jesús. En el año 799 Carlomagno, con motivo de la inauguración de la capilla palatina de Aquisgrán, las trasladó de Jerusalén a la ciudad, donde siguen actualmente.»


    «En el cristianismo, lo sagrado originario y holístico se escindió entre lo ‘puro’ e ‘impuro’: lo sagrado impuro fue devuelto desde entonces al mundo profano. (…)

    En la liturgia judía, el término hebreo para ‘caca’ sigue hoy sujeto significativamente a un tabú parecido al del nombre de Dios: en las lecturas en voz alta de las Sagradas Escrituras no puede pronunciarse. Y Lutero irá más lejos en una de sus notables paráfrasis del tercer mandamiento: “No maldecirás ni jurarás en el nombre del trasero, ni lo invocarás con burla”.»


    «En La leyenda dorada, compilación de relatos de Jacopo della Voragine, leemos acerca de una prostituta llamada Thais a quien una abadesa convirtió al cristianismo y que, para expiar sus pecados, durante tres años vivió de una manera miserable rodeada de sus excrementos y encerrada bajo llave en la celda de un monasterio. “Querido padre, ¿dónde puedo echar ahora la evacuación de mis necesidades?” […] “En tu celda, como te corresponde.” Thais murió dos semanas después de su liberación y fue adorada como santa protectora de las meretrices arrepentidas. Margarita María Alcoque, una religiosa y mística católica, que destacó en el siglo XVII en Borgoña, informaba de algo parecido. Contaba que como muestra de humildad se comía los excrementos de los enfermos a los que cuidaba. Esta historia desvió de la fe al joven Jean Paul Sartre, como éste escribe en Las palabras. En cambio, en 1920 el papa Benedicto XV canonizó a María Alcoque.»

Clases de literatura. Berkeley, 1980






Clases de literatura.
Berkeley, 1980
Julio Cortázar
Debolsillo, 2016












    «Esa manera de hablar de Lezama [Lima], que utilizaba sus metáforas continuamente, entraba de la manera más natural en sus libros.
    No me gustaría repetirme si el día en que hablamos de él les conté la anécdota de cuando estaba con asma y vino un amigo a visitarlo. (Es para mostrar cómo Lezama, hablando, era igual que cuando escribía: las metáforas le salían así.) Un amigo le fue a visitar; era muy asmático y el amigo lo encontró muy fatigado, le zumbaba el pecho como cuando se tiene mucha asma y hay silbidos. En la calle había unos obreros trabajando con martillos mecánicos, por lo que había un estrépito monstruoso. Lezama estaba allí y este amigo le dijo: “Bueno, maestro, ¿cómo está usted?”. Lezama le dijo: “¿Cómo quieres que esté? Fíjate, con este fragor wagneriano y yo aquí con mi chaleco mozartiano…” Escena grandiosa porque todas las flautas y los violines de Mozart, y afuera Wagner… Eso podría decirlo un personaje de Paradiso. Lezama es una de las figuras más prodigiosas de nuestra literatura contemporánea, y estoy hablando mucho más que de América Latina: del mundo.»



    «Si en un libro uno quiere poner en crisis y en tela de juicio muchas de las cosas que se dan por admitidas o codificadas, ¿cómo tiene que hacer ese escritor para conseguir poner eso en tela de juicio? Evidentemente tiene que escribir, su única herramienta es el idioma, pero ¿qué idioma va a usar? Ahí empieza el problema porque, si utiliza el idioma que expresa ese mundo que está atacando, el idioma lo va a traicionar. ¿Cómo va a poder denunciar algo con las herramientas que sirven al enemigo, es decir, un idioma estratificado, codificado, un estilo ya con sus maestros y sus discípulos?»



    «Es un hecho evidente que las sociedades actuales que intentan actitudes revolucionarias y cambiar estructuras sociales, muy pocas veces tienen una conciencia precisa de ese nivel del lenguaje, y entonces los mensajes y las consigas revolucionarias son dichas, elaboradas –y desgraciadamente también pensadas– con un lenguaje que no tiene absolutamente nada de revolucionario: es un lenguaje profundamente convencional, el mismo que utilizan los adversarios ideológicos.
(…)
    Las cosas más revolucionarias se apagan a través del mensaje porque se expresan de la misma manera que un maestro de escuela puede expresarse cuando trata de enseñarle a sus niños la batalla de Waterloo o alguna cosa por el estilo.
(…)
    Haciendo las revoluciones hay que hacerlas en todos los planos (…); también hay que hacerlas en la estructura mental de la gente que va a vivir esa revolución y va a aprovecharla. Si uno se descuida, el lenguaje es una de las jaulas más terribles que nos están siempre esperando. En alguna medida, podemos ser prisioneros de nuestros pensamientos por el hecho de que esos pensamientos se expresan limitados y contenidos sin ninguna libertad porque hay una sintaxis que los obliga a darse en esa forma. Y de alguna manera estamos heredando las mismas maneras de decirlo aunque luego cambiemos las formas.»



   «En esa oscura operación sin nombre pero claramente perceptible en el discurso de todas las civilizaciones, que lo literario nacido en esas condiciones tendrá un máximo valor político aunque no entre forzosamente en la dialéctica ideológica como tema o como pretexto. Es ahí que la experiencia que transmitirá esa literatura nacida hoy tantas veces de la peor angustia, de la exasperación y el desgarramiento, nos hará adelantar por ese camino que ella ha andado solitaria pero que quiere compartir con todos los suyos, el camino hacia nuestra identidad profunda, esa identidad que nos mostrará por fin nuestro destino histórico como continente, como bloque idiomático, como diversidad llena de similitudes amigas, para repetir el verso de Valéry.»

Los fieles detractores

Los amantes pasajeros (2013)
Director: Pedro Almodóvar
Gui
ón: Pedro Almodóvar
Reparto: Javier Cámara, Carlos Areces, Raúl Arévalo, Cecilia Roth, etc.









    En España ser anti-almodovariano es ser, casi siempre, pro cualquier otra cosa. Otra cosa, por supuesto, más oscura, más siniestra, más mediocre. Su cine es tanto una cuestión moral como una cuestión de Estado. Por eso defenderle o despreciarle es un modo de situarse ante problemas que suelen resolverse en un escaño, ante una birra o, en su defecto, frente a un psiquiatra. Definirte a favor o en contra de su cine tiene, en definitiva, la naturaleza apremiante que sólo suscita lo que divide: el bando de la Guerra Civil que te conmueve, lo que opinas sobre el aborto o la eutanasia, o si eres más de Pablo que de Íñigo. Se es almodovariano o no se es. Imposible, por lo tanto, la virtud.
    No es extraño que mi primera reacción tras terminar Los amantes pasajeros, fuera masticar con urgencia algún argumento para cuando al resto se le hiciera bola. Hasta no hace tanto, decir que Almodóvar te gustaba sólo se explicaba porque o bien eras marica, o bien una mamarracha. O las dos cosas. Declararse fans –así, en plural–, se convertía, de inmediato, en una suerte de resignada militancia. Tras los dos Oscar –ya sea en la calle como en la Academia–, y aunque sus vicios autorales se confundan con el manierismo folclórico y camp de quienes le imitan, uno podía sacar pecho sólo en la medida en que el pedestal donde colocabas a Almodóvar estuviera unos escalones por debajo de donde colocaras a Kiarostami, los Dardenne o Erice. Vicios, a todo esto, que se le perdonan a Fellini, a Welles o a Buñuel –gigantescos siempre, pero siempre heteros– y que para muchos atragantan su cine. Porque claro que en su obra hay putas, maricones y travestis –infinitamente menos de lo que critican ciertas petardas, y por criticarlo, dos veces petardas– pero tiene la bendita manía de mostrarles con todo el candor que la realidad les niega. Pero vayamos al tema, porque más que una crítica me está quedando una extraña forma de autobiografía –en fin, qué crítica no lo es–.  

    Así que, como digo, lo primero que hice al salir del cine fue preguntarme cómo narices podría defenderla. Pude hacerlo con gusto y ardor tras Los abrazos rotos –melodrama tórrido, versión retorcida de uno más convencional, Pim, pam, pum, fuego  (Pedro Olea, 1975), y tan abigarrado que apabulló incluso a los más fieles– o con La piel que habito –basta ver Victim (Matt Eskandari y David M. Pierce, 2011) o Bisturí  (John Grissmer, 1977) para comprobar cómo esquiva la serie Z y filma una odisea–. No así con ésta. Los amantes pasajeros es una comedia blanca –en todos los sentidos: humor blanco, blanco nube, blanco espuma, blanco esperma, Chavela Blanca–, entretenida en los momentos en que cabría divertirse, pero floja –flojísima– en el resto. Humor punk descafeinado –como todo lo punk cuando envejece–, si no naïf –cualquiera con un manejo desahogado del Grindr mantiene diálogos igual de cerdos, e incluso más, sin rebajar un gramo el nivel de petardeo–, pero sin la imaginación lisérgica que mantiene efervescente, aun en sus horas más bajas –Los sexoadictos–, a Waters.

    Sus primeras películas, esas que miraba por el retrovisor mientras conducía esta, son reliquias underground, con dosis –y sobredosis– de osadía. Desenvueltas, chispeantes, bastardeadas por una imaginación bulliciosa y devoradora que parcheaba con descaro su impericia técnica. Almodóvar dibuja como nadie personajes preñados de comedia, pero funcionan cuando los atraviesa en el cuerpo torturado de un drama. Ahí está la Agrado en Todo sobre mi madre, Chus Lampreave en La flor de mi secreto o Lola Dueñas en Volver. En Los amantes... lo demuestra una vez más a través del triunvirato cómico. Lástima que el resto de personajes estén escritos a mordiscos, con fatiga, y sólo funcionen como atrezzo para el mariposeo desgarbado de sus azafatos. Y aunque sea fácil olfatear guiños a su propio cine –amor obsesivo, llamadas telefónicas, estupefacientes, polvos a bellos durmientes y mucho playback–, es, siendo generoso, un mero capricho cómico –más lo primero que lo segundo– que, con todo, no se merece ni una pizca de la virulencia con que se la trata. Es, como dice Jordi Costa, un título menor de un director que llevaba tiempo –desde Carne Trémula, prácticamente– sin tropezarse. Pero las malas críticas a Almodóvar son un género en sí mismas, eso es así. Aunque sus fieles han estado siempre divididos, ¿o acaso no ha tenido fieles detractores?